
Examina tu conciencia, reza, practica la renuncia a tu propia voluntad; mortificación, pureza de corazón. Esta pureza es la condición indispensable para contemplar a Dios en el Cielo, verle en la Tierra y conocerle a la luz de la fe.
La primera parte de la preparación se deberá emplear en vaciarse del espíritu del mundo, que es contrario al espíritu de Jesucristo. El espíritu del mundo consiste, en esencia, en la negación del dominio supremo de Dios, negación que se manifiesta en la caída del pecado y la desobediencia; por tanto, es totalmente opuesto al espíritu de Jesucristo, que es también el de María. Esto se manifiesta por la concupiscencia de la carne, por la concupiscencia de los ojos y por el orgullo como norma de vida, así como por la desobediencia a las leyes de Dios y el abuso de las cosas creadas.
Sus obras son el pecado en todas sus formas; en consecuencia, todo aquello por lo cual el demonio nos lleva al pecado; obras que conducen al error y oscuridad de la mente, y seducción y corrupción de la voluntad. Sus signos son el esplendor y las artimañas empleadas por el demonio para hacer que el pecado sea deleitoso en las personas, sitios y cosas.
Oraciones que se rezarán durante los doce días preliminares
Además de ser muy recomendable rezar el Santo Rosario todos los días, se harán las siguientes oraciones, precedidas por la meditación del día:
Himno al Espíritu Santo
Ven, Espíritu Divino,
manda tu luz desde el Cielo.
Padre amoroso del pobre,
don en tus dones espléndido.
Luz que penetra las almas,
Fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce Huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo;
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego.
Gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
Divina Luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si Tú le faltas por dentro.
Mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía;
sana el corazón enfermo.
Lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo.
Doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones
según la fe tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia
dale al esfuerzo su mérito.
Salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén.
Ave Maris Stella
Salve, Estrella del mar,
Madre, que diste a luz a Dios,
quedando perpetuamente Virgen,
feliz puerta del Cielo.
Pues recibiste aquel «Ave»
De labios de Gabriel,
ciméntanos en la paz,
trocando el nombre de Eva.
Suelta las prisiones a los reos,
da lumbre a los ciegos,
ahuyenta nuestros males,
recábanos todos los bienes.
Muestra que eres Madre,
reciba por tu mediación nuestras plegarias
el que, nacido por nosotros,
se dignó ser Tuyo.,
Virgen singular,
sobre todos suave,
haz que, libres de culpas,
seamos suaves y castos.
Danos una vida pura,
prepara una senda segura,
para que, viendo a Jesús,
eternamente nos gocemos.
Gloria sea a Dios Padre,
loor a Cristo altísimo
y al Espíritu Santo: a los tres un solo honor. Amén.
Magnificat
Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador,
porque ha mirado la humildad de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí:
Su nombre es Santo, y su misericordia llega a sus
fieles de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes;
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo
—como la había prometido a nuestros padres—
en favor de Abraham
y su descendencia por siempre.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.











